500.000 niños atrapados en zonas asediadas en Alepo

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Declaración de la representante de UNICEF en Siria, Hanaa Singer

Alepo, Damasco, 7 de diciembre de 2016 – La representante de UNICEF Hanaa Singer relata el horror que se está viviendo estos días en la ciudad de Alepo, donde, como siempre, el horror se ceba en los más vulnerables: la población civil y, especialmente, los niños.

“Acabo de regresar de Alepo, donde la situación no hace sino empeorar. En sólo un par de días han caído casi 100 morteros sobre el oeste de la ciudad. Al mismo tiempo, a solo unos pocos cientos de metros, presenciamos el bombardeo incesante del lado oriental. Las explosiones iluminan el cielo nocturno y los sonidos de la guerra resuenan en toda la ciudad. Mis compañeros me dijeron que, durante los ataques, se escondían en baños y sótanos. Dormimos poco aquella noche. A la mañana siguiente, las mismas personas volvieron a trabajar con la misma energía, como si hubiera sido una noche normal.

Pero no siempre consiguen volver a casa. Un voluntario que trabajaba en uno de  los espacios amigos de la infancia apoyados por UNICEF fue asesinado ayer en el oeste de Alepo. Acompañaba a los niños a su refugio después de las actividades de la mañana cuando fue alcanzado por una bala. Ahmed Tawfik tenía 24 años y estudiaba tercer curso de Economía. Los últimos bombardeos han sido los más intensos en Alepo, incluso según los estándares sirios.

Unas 31.500 personas se han visto obligadas a desplazarse desde el este de la ciudad en solo 10 días. Según las últimas estimaciones, al menos el 50% de las personas desplazadas son niños.

Visité uno de los refugios para personas desplazadas en Jibreen, a las afueras de la ciudad. Es un gran almacén donde las familias se aglutinan sobre colchones en el suelo, en unas condiciones agravadas por el frío húmedo y penetrante.

Con el ruido ensordecedor de las explosiones y los disparos como banda sonora, los niños que asistían a actividades de apoyo psicosocial compartieron algunas de sus historias. Historias de cómo permanecieron encorvados durante días y semanas en sótanos oscuros y húmedos por miedo a los bombardeos en el este de Alepo, oscuros recuerdos de destrucción y del olor de los cadáveres bajo los escombros.

Explicaban que estaban felices de estar fuera, de disfrutar del sol y sentir el aire. De ser capaces de cantar y jugar. Pero extrañan a sus amigos, padres y hermanos. Echan de menos sus escuelas, sus libros, sus juguetes. A una niña le faltaba su osito de peluche. Los bombardeos y las explosiones eran implacables y ensordecedores. Los niños se reían de mí cada vez que me estremecía cuando los terribles sonidos de la guerra llenaban el aire. No era una risa real, sino una reacción anormal nacida de la ausencia total de normalidad. Tenían miedo, sobre todo, del sonido de los aviones. Una niña de 7 años estaba tan emocionada al ver el pan durante el reparto de alimentos que gritó: ‘Mira mamá, es pan de verdad’.

 Después visité Hanano, un barrio en el este de Alepo que las fuerzas del Gobierno recuperaron el 27 de noviembre, con el consecuente regreso de más de 6.000 personas. La destrucción allí es masiva. Hay munición sin estallar esparcida por todas partes. Las casas están destruidas, los hospitales también y las escuelas están completamente dañadas, a excepción de dos que todavía se podrían rehabilitar. Y, sin embargo, la gente sigue volviendo allí para intentar reconstruir sus casas y sus vidas. Sólo quieren volver a su hogar.

Nuestro personal sirio e internacional, increíblemente valiente y comprometido, así como decenas de voluntarios y cientos de aliados con sede en la ciudad, están arriesgando sus vidas todos los días intentando apoyar a los niños y las familias de Alepo. Nuestros compañeros trabajan en una oficina que, hace apenas un mes, recibió directamente el impacto de un mortero. Cada vez que salen de casa para ir a trabajar o para visitar programas y refugios, están arriesgando sus vidas. Como me dijo Esraa, uno de mis compañeros, responsable de Salud, “trabajar en Alepo es un acto de amor y de convicción”.

Lo cierto es que no hay ningún lugar seguro en Alepo. Incluso ir a la escuela puede ser una cuestión de vida o muerte. Siempre me acompañarán las imágenes de los cuerpos de dos hermosas chicas, Hanadi y Lamar, que salieron camino de la escuela una mañana con sus cintas rosas en el pelo. Nunca llegaron. La metralla de un mortero las asesinó durante el trayecto. La mano de Hanadi todavía agarraba los restos de una barra de chocolate.

Este año se han registrado 84 ataques contra escuelas en Siria, en los que han perdido la vida al menos 69 niños y muchos otros han resultado heridos. En respuesta a los últimos desplazamientos en Alepo, el personal de UNICEF trabaja día y noche para hacer un poco más soportable la vida de los niños. Ya estamos distribuyendo ropa de invierno y agua tanto a los refugios como a aquellos lugares a los que la gente está regresando, como Hanano. También estamos suministrando combustible y reparando y manteniendo la red de agua de Alepo para que 1,2 millones de personas tengan acceso a agua potable. Casi 7.000 niños y madres han podido ser vacunados y las clínicas de salud móviles han examinado y entregado suplementos nutricionales a más de 1.600 niños. Unos 6.000 niños están recibiendo formación sobre el peligro que entrañan las minas antipersona y servicios de apoyo psicosocial. Estas intervenciones, simples e inmediatas, pueden salvar vidas.

Aunque la atención del mundo está puesta en Alepo, desgraciadamente la escala de sufrimiento es generalizada. El este de Alepo es una de las 16 zonas sitiadas, donde creemos que cerca de 500.000 niños permanecen atrapados en medio de condiciones cada vez peoresTodas las partes han hecho uso del asedio. Una parte rodea una zona y trata de matar de hambre a la otra sometiéndola, mientras restringen la circulación de personas, incluyendo enfermos y heridos.

Madaya, hogar de 45.000 personas, es otra de las zonas asediadas. La última vez que fui a la ciudad con nuestro equipo me sorprendió lo que escuché. La gente sobrevive a base de hojas y hierba. Me llevaron a lo que se llamaba el ‘centro de salud’. En realidad, era una habitación en el sótano de una casa. Al adentrarme en la oscuridad, me encontré con la visión de cuerpos tendidos sobre mantas azules en el suelo. El médico, el único pediatra de la ciudad, me llevó a la única cama. Sobre ella parecía haber dos bultos. Cuando miré más de cerca en la oscuridad, me asusté. En realidad eran dos hombres jóvenes que estaban en los huesos y que entraban y salían de estados de consciencia. Ali, de 16 años, se debatía entre la vida y la muerte. Rajia, mi compañera sanitaria, trató de salvarle la vida y resucitarlo bombeando su pecho, gritando 1-2-3, 1-2-3… Pero Ali nos dejó ante nuestros propios ojos. Cuando le cerramos los suyos, escuché un gimoteo. Vi entonces a su familia acurrucada en la esquina. Estaban demasiado débiles para ni siquiera llorar.

Junto a los trabajadores sanitarios y los voluntarios, impartimos formaciones sobre cómo utilizar los alimentos terapéuticos y los tratamientos que traemos. Las tasas de desnutrición estaban mejorando cuando entramos con convoyes de ayuda. Desgraciadamente, el acceso regular a las zonas asediadas ha sido excepcional.

La situación se está deteriorando. Los niños están muriendo porque no se les puede evacuar a 100 metros de distancia para ser tratados. La ayuda humanitaria, con todas las dificultades que acarrea, apenas alivia a los casi seis millones de niños que la necesitan en el país. Los niños hacen lo que pueden para sobrevivir y vivir una infancia normal.

Siempre me han asombrado las extraordinarias historias de determinación y resiliencia de los niños. Como los 12.000 pequeños que arriesgaron sus vidas para cruzar frentes de guerra a pie y hacer sus exámenes finales. Llegaron procedentes de zonas de muy difícil acceso, viajaron durante días, a través de puestos de control, bajo el fuego, henchidos de esperanza y determinación por un futuro mejor. Estos jóvenes valientes son los maestros, enfermeras, doctores, arquitectos, constructores, músicos, científicos y técnicos del mañana que construirán la futura Siria.

Los niños de Siria no se están dando por vencidos y nosotros tampoco podemos hacerlo. UNICEF se compromete a hacer todo lo posible para apoyarlos y ofrecerles oportunidades siempre que podamos.

Solo en 2016 proporcionamos libros de texto y material escolar a 3,2 millones de niños, reconstruimos escuelas y desplegamos miles de espacios temporales de aprendizaje. Los niños que están fuera de la escuela se beneficiaron de programas de autoaprendizaje y clases de recuperación. Cientos de miles de niños han recibido apoyo psicosocial para ayudarlos a afrontar el horror que los rodea.

El acceso a agua potable de 14 millones de personas ha mejorado gracias a la desinfección de los suministros de agua potable, a la rehabilitación de la infraestructura de agua y saneamiento -incluyendo 460 pozos- y al uso de camiones cisterna.

La cobertura del sistema de vacunación ha mejorado desde la media nacional del 50% hasta un 75%. Las vacunaciones de polio han frenado esta enfermedad, tal y como demuestra la ausencia de nuevos casos en casi tres años.

Podemos cambiar las cosas, pero nunca es suficiente. Seamos claros: los niños sirios seguirán sufriendo mientras se mantenga la violencia. Estamos decididos a hacer todo lo posible para llegar a ellos, por eso contamos con más de 200 personas que arriesgan su vida cada día en todo el país.

Urgimos a las partes en conflicto a acabar con los ataques a civiles, escuelas y hospitales; a dejar de reclutar niños para integrarlos en grupos armados y a dejar de usar el asedio como arma de guerra.

Las familias y los niños sirios tienen un deseo por encima de todos: volver a sus casas, vivir en paz y contribuir a la reconstrucción de su precioso país. Debemos darles la oportunidad de hacerlo”.

Más información en http://www.unicef.es