En 2005, más de mil víctimas fueron atendidas tan sólo en el servicio de violencia sexual del hospital Benson, en la capital del país, Monrovia. En los últimos tres años, únicamente un agresor ha sido condenado a ir a la cárcel.
Catorce años de guerra civil han dejado huellas muy profundas en Liberia. Han pasado cerca de tres años desde el fin del conflicto, y el país empieza, tímidamente, a levantar cabeza. Sigue sin haber luz ni agua corriente; la seguridad depende de 15.000 soldados de la ONU desplegados en el país, y apenas se cuentan 55 médicos para tres millones de habitantes. Pero hay algunas noticias esperanzadoras. El pasado noviembre, los liberianos eligieron a Ellen Johnson-Sirleaf como presidenta. La primera en África. Y la mayoría de la población parece dispuesta a darle una oportunidad. Además, a finales de marzo, el ex presidente Charles Taylor, considerado como uno de los responsables de las atrocidades de la guerra, fue arrestado y llevado ante un tribunal internacional.
La nueva presidenta ha puesto en marcha una ley que, por primera vez, penalizará con la cárcel a los violadores. Pero queda mucho por hacer y lo ocurrido son sólo primeros pasos. En las calles de Monrovia, grandes carteles avisan: «La violación es un crimen, busca atención gratuita», «No pegues a tu mujer, es tu amiga». Y se ha creado un Ministerio de Género y un servicio especial de policía. Además, organizaciones nacionales e internacionales empiezan a dar apoyo a las víctimas. Lo que no ha cambiado es la impunidad de los violadores.
Durante la guerra, la violencia sexual fue generalizada. Según un estudio del Comité Internacional de Socorro, casi dos tercios de las mujeres sufrieron actos de violencia sexual, desde la agresión sexual o la violación en grupo hasta la explotación o la esclavitud sexual.
Fuente: MSF
























