Kioto II o cómo unos pocos intentan combatir con escasos esfuerzos un problema que cambia la vida a millones de personas

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El sábado se cerraba en Doha (Qatar) la décimo octava cumbre del clima (COP 18) con un acuerdo descafeinado para extender el Protocolo de Kioto hasta 2020. Sin embargo, Kioto II no es más que una maltrecha versión del protocolo original: varios países que sí estaban en el primer acuerdo de Kioto han decidido desvincularse (Japón, Canadá y Rusia) y ha sido totalmente imposible incluir a Estados Unidos y otros importantes emisores como China o India.

El conjunto de países vinculados a este segundo período de reducción de emisiones (Unión Europea, Australia, Noruega y Croacia) suman en total el 15% de las emisiones globales, algo bastante insignificante en comparación con la reducción de emisiones necesaria para garantizar los 2ºC de ascenso máximo de temperatura. En el caso de la UE el compromiso adquirido en Kioto II no brilla por su ambición ya el compromiso de reducir sus emisiones en un 20% (respecto a los límites de 1990) supone un esfuerzo mínimo si consideramos que esta reducción ya se contempla en su legislación y que actualmente sus reducciones están ya en el 18,5%.

Este enmarañado baile de cifras contrasta drásticamente con el creciente número de personas que cada año ve cómo su vida se ve dramáticamente afectada por los efectos del cambio climático. En 2010, más de 38 millones de personas se vieron obligadas a migrar de manera temporal o indefinida debido a desastres naturales relacionados con el cambio climático (IDMC/NRC, 2011). Por otra parte la mortalidad vinculada a los efectos del cambio climático también tiene una evolución creciente, estimándose que más de cinco millones de personas al año mueren como consecuencia del calentamiento global, 400.000 de ellas debido al hambre y las enfermedades transmisibles agravadas por el cambio climático y 4,5 millones por la contaminación atmosférica (DARA, 2012).

Participar en estas reuniones internacionales sin tomar conciencia del coste humano de la inacción es un lujo que los negociadores no pueden seguir permitiéndose. Sin embargo, es algo que no parece preocuparles, ya que ni tan siquiera son capaces de apostar por una financiación justa, adecuada y accesible para que las poblaciones afectadas puedan combatir los efectos del calentamiento global. En esta reunión, escudándose en la eterna crisis económica, los países desarrollados han evadido su responsabilidad a la hora de financiar la lucha climática y existe una gran laguna financiera para el período 2013-2015.

Con este panorama, es evidente que la credibilidad del proceso de Naciones Unidas para combatir el cambio climático cada vez es menor. En contraposición, la articulación ciudadana, parece ser una de las vías más efectivas para hacer frente al calentamiento global. Aunque los resultados de esta COP 18 son desalentadores, desde la Fundación IPADE creemos que debemos seguir actuando desde lo local y aunque la incidencia política para hacer que los políticos cumplan con sus obligaciones es una parte fundamental del trabajo de las organizaciones de la sociedad civil, tenemos que prestar también mucha atención y apoyo a las iniciativas ciudadanas que ya hacen frente a los impactos del cambio climático y que a nivel individual y colectivo nos permiten participar activamente en la lucha contra el cambio climático. Puedes encontrar algunas de estas iniciativas en: http://www.coalicionclima.es/