
Darshana Chakma mira a través de un microscopio mientras una cálida brisa que llega desde los arrozales sopla a través de las ventanas abiertas de su pequeño centro de salud. Una niña que sufre escalofríos y un fuerte dolor de cabeza espera nerviosamente acompañada de su familia para saber si tiene malaria. Darshana recibe los resultados –negativos– y la noticia es acogida con gritos de alegría por la familia antes de que Darshana lo deje registrado en un gastado cuaderno. “Sólo es fiebre, pero deben asegurarse de que los niños duerman bajo los mosquiteros”, le dice Darshana a la familia. “Cuando vayan a la sierra deben cubrirse los brazos y si la fiebre continúa, vuelvan a verme en una semana”.
Darshana es una trabajadora de salud comunitaria en Rangamati, un distrito remoto de Bangladesh. Ella es una de las heroínas desconocidas de una revolución silenciosa que está transformando innumerables pueblos y aldeas en este país. A pesar de ser uno de los países más pobres del mundo, con un gasto en asistencia sanitaria relativamente bajo, Bangladesh ha conseguido avances en numerosas áreas de desarrollo humano, incluida la mortalidad infantil y materna, la alfabetización de las mujeres y la esperanza de vida. Bangladesh se está convirtiendo en un ejemplo para la región.
La revista médica británica The Lancet, calificó recientemente el éxito alcanzado por Bangladesh como “uno de los grandes misterios de la salud mundial”. Expertos en el campo de la salud dicen que este logro se explica en gran parte por su enfoque comunitario de la salud y, en particular, por el despliegue masivo de trabajadores de salud comunitarios.
BRAC, la ONG más antigua de Bangladesh, y el Ministerio de Salud han formado a decenas de miles de trabajadores de salud comunitarios, quienes están desempeñando un papel fundamental en la reducción de la carga de malaria y tuberculosis y en la mejora de los sistemas de salud locales con el apoyo del Fondo Mundial. El programa está compuesto exclusivamente de mujeres que son seleccionadas en sus propios pueblos. Actuando como los ojos y oídos de sus comunidades, este ejército de enfermeras, técnicas de laboratorio y voluntarias proporciona asistencia sanitaria básica y presta servicios de prevención y tratamiento pueblo por pueblo. “Conozco muy bien estas comunidades”, dice Darshana, de 37 años, una técnica de laboratorio desde hace 16 años. “Veo muchos casos de malaria y tuberculosis. Ellos me conocen y por eso vienen al centro de salud. Me siento muy orgullosa de mi trabajo porque estoy sirviendo a la comunidad”.
La malaria es uno de los principales problemas de salud pública en Bangladesh. De los 64 distritos que componen el país, 13 de ellos son áreas altamente endémicas. Con su vegetación exuberante, anchos ríos y pobre sistema de carreteras, Rangamati plantea desafíos específicos. Sin embargo, el distrito redujo el número total de casos de malaria de 28.000 en 2008 a 8.000 en 2012, y ha reducido también el número de muertes por malaria de 24 a 1 en el mismo período.
Para llegar a algunas aldeas remotas, donde la electricidad es un recurso escaso, las mujeres tienen que realizar a veces largos y solitarios viajes a pie, o incluso a bordo de canoas durante la temporada de los monzones, llevando consigo sus microscopios y farmacia móvil. Los kits de diagnóstico rápido que emplean permiten que con un simple pinchazo se pueda obtener un diagnóstico en el acto, y de este modo los pacientes pueden comenzar a recibir la terapia combinada con artemisinina, los medicamentos de última generación para combatir la malaria. El Dr. Moktadir Kabir, gerente sénior de programas contra la malaria en BRAC, dice que el sector de las ONG de Bangladesh debe gran parte de su vitalidad al empoderamiento de las mujeres. “Las mujeres son las agentes del cambio y el desarrollo en Bangladesh. Las mujeres han desempeñado una función esencial en la construcción de la comunidad”.
La participación de las mujeres en la sociedad civil se remonta al propio nacimiento del país. En 1971, cuando Bangladesh se separó de Pakistán después de una guerra sangrienta, gran parte de la administración del país quedó destruida, y fueron las ONG las que llenaron ese vacío. Las asociaciones establecidas entre el Gobierno y las organizaciones no gubernamentales prosperaron, y las mujeres se incorporaron a ellas, primero distribuyendo ayuda de emergencia a las víctimas de la guerra y luego extendiendo sus funciones a la planificación familiar y el control de las enfermedades.
Si bien la malaria amenaza a la mayor parte de Bangladesh, el riesgo es aún mayor en las regiones oriental y nororiental que limitan con la India y Myanmar, como es el caso de Rangamati. Los pueblos indígenas y los trabajadores migrantes que cruzan las porosas fronteras se encuentran entre los grupos más vulnerables y se han convertido en un caso de interés especial para los trabajadores de salud.
Diana Chakma, una trabajadora de salud comunitaria, dice que los servicios de prevención, que incluyen enseñar el uso correcto de los mosquiteros tratados con insecticida, son fundamentales para combatir la enfermedad. Después de un viaje en autobús y luego en un típico rickshaw, Diana asciende la colina para llegar a la aldea de Khamarpara, un racimo de un centenar de casas construidas con bambú que viven de las cosechas de arroz, sésamo, jengibre y maíz. Casi todas las mujeres de la aldea trabajan en las plantaciones, convirtiéndose ellas y sus hijos en presa fácil de los mosquitos que infestan los valles aluviales. Un grupo de mujeres y niños se reúne formando un círculo y escuchan atentamente mientras Diana y una shasthya shebika, o voluntaria de salud, comienzan su presentación. Para que todos puedan refrescarse ante el intenso calor, reparten cocos cortados con machetes y los sirven con una pajita a las apas, o hermanas, como se conoce a las trabajadoras comunitarias. “A veces tengo que caminar grandes distancias, pero recibo a cambio mucho amor y respeto”, dice Diana. “No hay nada mejor que ver la sonrisa de un paciente de malaria que está curado”.
























