Día Mundial del Refugiado: buscando juntos espacios seguros

535

Roma, 20 de junio de 2014 – Hoy, en el Día Mundial del Refugiado, el Servicio Jesuita a Refugiados conmemora la valentía y la resistencia de los millones de personas obligadas a huir de sus hogares y la de las muchas que les dan la bienvenida a sus comunidades. En los últimos 12 meses, el número de personas desplazadas a causa de conflictos – de las que más de dos tercios son de Siria, Sudán del Sur y República Centroafricana – y abusos contra los derechos humanos han llegado a 50 millones. El desplazamiento masivo se encuentra en su punto más álgido en 20 años, en unos niveles que no se veían desde las guerras en la antigua Yugoslavia.

Una y otra vez, los grupos de la sociedad civil están en la vanguardia de los esfuerzos para crear espacios donde los refugiados reconstruyan sus vidas con dignidad, aprendan, trabajen y contribuyan a sus nuevas comunidades. Esas mismas comunidades, que a menudo viven en la pobreza, necesitan ayuda para poder ofrecer protección, servicios básicos y, lo más importante, brindar su amistad a las poblaciones refugiadas. 

A pesar de un miedo y un resentimiento cada vez mayor hacia los refugiados, muchas comunidades de acogida de todo el mundo están respondiendo con compasión a los flujos de desplazados. Voluntarios en Francia abren las puertas de sus hogares durante períodos de un mes cada vez, dando a refugiados, que de lo contrario correrían el riesgo de tener que vivir en la calle, la oportunidad de valerse por sí mismos. En el Líbano, algunas comunidades han permitido que sus mezquitas se conviertan en centros de educación para los niños refugiados sirios que no pueden tener acceso a las ya sobresaturadas escuelas públicas.
 
«En medio del conflicto que devasta Siria, y que ha desplazado a más de nueve millones de personas, decenas de miles de sirios de todos los orígenes religiosos, étnicos y sociales han promovido incansablemente la armonía, llegando a forjar «una cultura de encuentro y de diálogo». Gran parte de la ayuda que llega a los sirios se entrega gracias al apoyo de los comprometidos musulmanes y cristianos, que, como voluntarios, trabajan juntos», recuerda el director internacional del Servicio Jesuita a Refugiados, Peter Balleis SJ.
 
No obstante, las comunidades de acogida tienen una capacidad limitada; los gobiernos también deben actuar. Sin embargo, a pesar de las cifras récord de personas en busca de protección, la respuesta de la comunidad internacional, en general, ha sido insuficiente. Las comunidades desplazadas que viven en zonas de conflicto no tienen acceso a alimentos, viviendas ni a servicios de educación para sus hijos. La seguridad para estas comunidades es, en el mejor de los casos, precaria; pero es peor para las mujeres y las niñas que a menudo son objeto de violencia sexual.

De hecho, los países industrializados no solo no han conseguido brindar ayuda humanitaria, sino que han acelerado el uso de expulsiones y detenciones arbitrarias para desalentar la llegada de solicitantes de asilo. Este fracaso es fácilmente visible en Europa. A pesar de los peligros, los migrantes forzosos procedentes de Eritrea, Somalia y otras partes de África subsahariana no tienen otra opción que no sea cruzar el mar Mediterráneo. Miles de inmigrantes y refugiados han perdido la vida tratando de encontrar un lugar seguro donde vivir. La muerte de más de 400 personas ahogadas en la costa de Italia el año pasado fue un ejemplo de ello. Hasta la fecha los líderes europeos no han tomado ninguna medida en común para facilitar un acceso seguro al continente.
 
El mensaje de las naciones industrializadas es contundente y claro: la seguridad fronteriza prevalece sobre la protección de las personas. Peor aún, estas políticas se están replicando en todo el mundo. En respuesta a una serie de ataques de grupos radicales en Kenia, el espacio que hasta ahora se había ofrecido a los refugiados para que vivieran y trabajaran en zonas urbanas se está cerrando. Miles de personas están siendo enviadas a campamentos superpoblados y con financiación insuficiente, e incluso devueltas a una Somalia devastada por la guerra, a pesar de haber contribuido a la economía local durante años. 

«Las comunidades de acogida que crean espacios para los refugiados y promueven el respeto mutuo merecen apoyo. Como hemos visto en el Líbano y Francia, la solidaridad abre las puertas a otras posibilidades, como el acceso a derechos y servicios. En vez de buscar soluciones a corto plazo, los gobiernos harían bien en seguir estos ejemplos de solidaridad», añadió el P. Balleis.