En una prisión de Honduras, los reclusos ayudan a sus compañeros a combatir la tuberculosis

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Elder Cualez ha pasado 11 años cumpliendo una condena por un delito relacionado con las drogas en una prisión de Honduras. En sus estrechos y atestados corredores, Elder encontró su vocación. Ahora es consejero voluntario de tuberculosis para sus compañeros reclusos, y participa en una innovadora asociación que reúne a autoridades policiales, hospitales locales, iglesias y reclusos para proporcionar tratamiento a una población vulnerable que ha permanecido abandonada durante mucho tiempo. “Vi la necesidad. Mis compañeros reclusos estaban sufriendo”, explica Elder. Las tasas de tuberculosis en la prisión de Trujillo son altas comparadas con las de la población civil en los pueblos cercanos. En teoría la capacidad total de la prisión es de 150 reclusos, pero actualmente se alojan en ella más de 300. No hay celdas, solo literas abiertas y una zona común. Las camas se apilan de a tres y algunos reclusos duermen sobre colchones tirados en los estrechos pasillos. Los días de Elder están llenos de actividad. Recorre constantemente la prisión, saludando a los reclusos, haciendo comprobaciones y asegurándose de que siguen el tratamiento. “Aquí la vida no es fácil para ningún preso”, dice Elder. “Especialmente al principio, cuando no conoces a nadie. El apoyo que recibimos del programa de tuberculosis es realmente importante”.

El programa, financiado por la asociación del Fondo Mundial, comenzó a ejecutarse en  2012. Se forma a voluntarios que acompañan a los reclusos al centro de salud de la prisión y a menudo se reúnen en una zona que sirve como iglesia para hablar de los casos, bajo la Mirada de una representación de la Virgen de Guadalupe. Los reclusos cuyas pruebas de tuberculosis dan positivo también son sometidos a la prueba del VIH.

El programa también se lleva a cabo fuera de la prisión. Un supermercado proporciona carne, que es distribuida a la prisión por la iglesia local y el departamento de bomberos, porque en el pasado una alimentación deficiente provocó un descenso en las tasas de éxito del tratamiento. Un juez local puede reducir una condena si un recluso sigue el tratamiento o se convierte en educador de sus compañeros. Las autoridades policiales dicen que la asociación comunitaria es vital. “Mi obligación es mantener a los reclusos con vida”, manifiesta Ramón Bonilla, director de la prisión.

Como voluntario en la lucha contra la tuberculosis, Elder ha encontrado cierta redención personal por sus errores. “No supe cuidar de mi familia, pero al menos puedo aportar algo a la comunidad”. Su liberación está prevista para septiembre y lo que más desea es pasar más tiempo con sus hijos que ahora solamente pueden verlo durante las breves visitas a la prisión. Una vez que haya recuperado la libertad quiere estudiar y encontrar un trabajo útil. “Quiero trabajar en el campo de la salud, tal vez como técnico de laboratorio”.