La mayoría de los jóvenes vascos acepta convivir con homosexuales, inmigrantes, policías, militares, extremistas de izquierda o expresos

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   Lo que a nosotros nos produce un sentimiento de respeto y valoración por lo que entendemos que esa aceptación va en la dirección de la convivencia democrática en un territorio donde la violencia y la muerte han estado presente durante demasiado tiempo. Que los jóvenes vascos acepten convivir con policías y militares es una señal inequívoca de que muchas cosas están cambiando en aquella parte del territorio tan querida por nosotros.  

Sin embargo esta medalla tiene dos caras. Por un lado está lo que aceptan y por el otro lo que rechazan.  

El 62% de los jóvenes vascos rechazan tener como vecinos a neonazis, un 43% a drogadictos y un 41% a gitanos  

Primero rechazan a los neonazis. Aquí nuestro aplauso es cerrado a los jóvenes vascos, aunque nos gustaría que el rechazo a estos criminales ─los nazis son criminales y los neonazis lo son igualmente en potencia─ fuera del 100%.  

Luego rechazan como vecinos a los drogadictos. Cosa que también podemos entender. La Unión Romani, desde su fundación, ha sido intolerante y radicalmente contraria a cualquier tipo de connivencia con quienes tienen puestas sus sucias manos en el comercio de la droga. Caiga sobre ellos todo el peso de la ley. La droga, como las navajas, mata. Y son demasiados ya los jóvenes gitanos y gadchés (payos) que han perdido la vida por causa de este maldito negocio.  

Nos duele, sin embargo que en este saco de “los malditos” estemos incluidos los gitanos. Casi la mitad de los jóvenes vascos residentes en Vizcaya (45%) no nos quieren como vecinos. En Guipuzcoa y en Alava la cifra se modera al 38% y al 36% respectivamente. Lo que muestra un panorama abiertamente preocupante. Pero desconocer, o ignorar intencionadamente esta la realidad no nos conduce a nada bueno.  

Desde la Unión Romani nos gustaría propiciar que se iniciara en el País Vasco una profunda reflexión sobre las causas que han hecho posible que esta separación siga existiendo. Deberíamos hacer un esfuerzo para iniciar juntos un camino que nos condujera a la aceptación mutua desde la diversidad enriquecedora de nuestras respectivas culturas. Y eso se hace desde la firmeza en la defensa de nuestras convicciones democráticas y desde la sinceridad con que hemos de aceptar nuestra parte de “culpa”, por llamarlo de alguna forma, en la insostenible situación en que nos encontramos.  

A nuestro juicio son tres los estamentos que deberían realizar este esfuerzo:  

Primero. Por una parte nosotros, los gitanos. Deberíamos emplear el raciocinio lógico para no justificar lo injustificable en los tiempos que corren. Los gitanos del País Vasco, como los de Cataluña o los de mi Andalucía natal no vivimos aislados por una campana de cristal donde todo lo que ocurre a nuestro alrededor no nos afecta. En esta sociedad de interdependencia el diálogo, sin actitudes preconcebidas, es indispensable para el mutuo entendimiento. Parece de Perogrullo, pero hay que decirlo: ni todos los gitanos somos unos santos, ni todos los gadchés son unos racistas.  

Segundo: Las autoridades deben ser conscientes de la responsabilidad que les atañe. Los gobernantes no deberían despreocuparse pensando que el problema gitano es un problema menor. Cuando el 41% de los jóvenes de Euskadi dicen que no quieren ver a un gitano ni en pintura, algo deben hacer las autoridades y lo primero debería ser convocar a los gitanos vascos para que fueran ellos mismos los que tomaran las riendas de su propio cambio.  

Tercero. He dejado en tercer lugar lo que por mi propia condición de periodista colocaría al principio de todo. Los medios de comunicación. Pero todos los medios:  prensa, radios, televisiones y medios online. Para nosotros, los gitanos,  ─ganar la batalla en los medios de comunicación es el principal de nuestros objetivos─ nada de lo que pretendemos tiene visos de convertirse en realidad si previamente no logramos conquistar a los periodistas. Lo que no quiere decir que ignoren nuestros delitos, cuando existan, pero que, como dicen los periodistas y editores del Reino Unido en su Código deontológico, “eviten hacer referencia a la étnia de aquellos a quienes describe en contextos peyorativos”.  

No nos gusta estar metidos en el mismo saco en el que están los nazis y los  drogadictos. Pero también decimos que no debemos esperar a que nadie nos saque de ahí. Debemos ser nosotros, los gitanos y las gitanas del siglo XXI quienes tomemos las riendas de nuestro destino y administremos con prudencia e inteligencia nuestra propia libertad.  

Juan de Dios Ramírez-Heredia

Abogado y periodista

Presidente de Unión Romani