La terrible aventura de una niña gitana recién nacida que fue arrebatada de los brazos de su madre por unas falsas enfermeras

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Así lo hemos leído en uno de los múltiples mensajes que han llegado a la sede de la Unión Romani, aunque, en realidad, ya teníamos conocimiento del hecho por llamadas personales que desde el sábado pasado habían realizado a nuestra organización los familiares de la niña sustraída. En uno de esos mensajes se decía que la familia de Mara Fernandez Vargas estaba esperando con alegría que naciera en el hospital Sant Joan de Deu de Barcelona una niña. Efectivamente, la niña nació y paso unas pocas horas con su madre  y su familia hasta que, según ellos, llegaron dos supuestas enfermeras diciendo que se la llevarían para revisarla.

Como es natural, desde que tuvimos conocimiento del hecho nos hemos puesto en movimiento tratando de averiguar con la mayor precisión posible como se habían producido los hechos para actuar en consecuencia. Así, esta misma mañana nos hemos personado en las Oficinas centrales de la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia dependientes de la Generalitat de Cataluña, organismo bajo cuya custodia estaba la niña recién nacida.

Por parte de la Unión Romani acudió el presidente Juan de Dios Ramírez-Heredia acompañado del presidente de la FAGIC, Simón Montero y del secretario de la misma federación Pedro García Jiménez. En la puerta de la Dirección General un centenar de gitanos y gitanas reclamaban la inmediata devolución de la niña a sus padres.Debemos manifestar que mientras los técnicos de la DGAIA cumplimentaban con los padres de la niña el expediente de la intervención, Juan de Dios Ramírez Heredia, junto a Simón Montero, se entrevistaban con el Subdirector de la Dirección General, don Joan Mayoral Simón. Fue una conversación amable, respetuosa por ambas partes, pero radicalmente enérgica por parte de los representantes gitanos que pedían la inmediata devolución de la niña a sus familiares.

Al cabo de una hora tuvimos noticia de que la decisión finalmente tomada era la que dicta el más elemental sentido común: que no hay ley divina ni humana que diga que los hijos se pueden quitar a sus padres salvo en circunstancias muy extremas que puedan poner en peligro la vida o la integridad de los menores.

Lo hemos pasado mal, pero al menos por el momento, los esfuerzos de todos han merecido la pena.