El tiempo ha dado la razón a las organizaciones que han mantenido que la nueva forma de trabajo de las Naciones Unidas, en la que los propios países deciden cuáles son los compromisos en materia de reducción de gases de efecto invernadero, ha sido un fracaso. Así, la suma de estos compromisos no lograría evitar las peores consecuencias del cambio climático, arrojando un incremento de la temperatura global de 3ºC, una cifra escalofriante, lo que supone una sentencia de muerte para muchas comunidades. Estaríamos hablando de multiplicar 3,5 veces el cambio climático experimentado hasta ahora. Un horizonte temerario e irresponsable cuando consideramos las enormes consecuencias que ya se están sufriendo como grandes huracanes, el deshielo de los glaciares y las coberturas de nieve, el aumento del nivel del mar, episodios de lluvias torrenciales o enormes sequías.
Los compromisos presentados para 2030 solo representan el 9% de reducciones respecto a 1990, por lo que se debería producir un incremento exponencial de los compromisos de reducción a 2050. De hecho, aun cuando se acepten las revisiones cada cinco años, estas pueden llegar tarde, ya que, según los datos, en menos de 15 años sobrepasaremos la cantidad de emisiones máximas para mantenernos dentro del margen de seguridad. Cuanto más tardemos en realizar una reducción drástica de las emisiones, más costoso social, ambiental y económicamente será afrontar las consecuencias del actual modelo de producción y consumo.
Sorprende por tanto la tranquilidad de las instituciones internacionales en cuyas declaraciones trasladan un optimismo incomprensible sobre el acuerdo de París, un acuerdo cuya falta de ambición condena, por ejemplo, a la desaparición de muchos estados insulares, a mayores hambrunas en África o a la completa degradación ambiental de una buena parte del sur de Europa. Es inadmisible que las Naciones Unidas no insten a los partes a que sus compromisos sean más ambiciosos y se limiten a aceptar complacientemente las pretensiones de los grandes países industrializados, responsables de la mayor parte de las emisiones, sin subrayar su ineficiencia y hacerles responsables de los efectos que se producirán a corto medio y largo plazo, mientras condenan a los países del Sur al no haber provisto aún fondos suficientes para su adaptación y la transición a un desarrollo sostenible.
Cada vez parece más claro que el acuerdo que salga de París implicará seguir como hasta ahora, dando validez a medidas de maquillaje, como los mercados de carbono o las falsas soluciones que ocultan la falta de acciones y de compromisos en la lucha contra el cambio climático. Será la ciudadanía quien demuestre cuál es el camino a seguir para lograr una auténtica descarbonización de la economía basada en un cambio de sistema más democrático y justo que se ciña a los límites naturales desterrando el paradigma del crecimiento ilimitado. Un modelo de producción y consumo que debe estar basado en una apuesta clara por un horizonte 100% renovable con soluciones clave como la agroecología, una movilidad sostenible y el comercio local de proximidad.
























