
La carretera que une Rumbek con Mapourdit en Sudán del Sur es accidentada e irregular, una auténtica pesadilla para cualquier viajero en los primeros 65 km. Después se vuelve peor al descender y atravesar otros 20 km de charcas turbias y masas de lodo. Sólo entonces la carretera desemboca emergiendo sobre una apacible llanura donde se encuentra el Mapourdit Mission Hospital.
El hospital es un tesoro remoto en uno de los países más remotos de la tierra. Una tarde, frente al hospital, Yar Madit sostenía en brazos a su hijo de dos años. La vida de ese niño cuenta la historia del dolor y el optimismo de una madre y es un símbolo del propio Sudán del Sur que, con dos años de edad, es el país más joven del mundo.
Madit supo que estaba embarazada justo antes de que su país declarara la independencia en julio de 2011. En aquel momento fue como si una brisa de optimismo soplara por todo el territorio. Hubo celebraciones, aunque acompañadas de cierta incertidumbre. Madit estaba restañando las heridas de un corazón destrozado. Su esposo la había abandonado, dejándola con cinco hijas y un embarazo. Y las pruebas del VIH habían resultado positivas. Madit decidió que su bebé se llamaría Gum, que en lengua dinka significa “sufrimiento”.
“Me sentía sola, abandonada”, recuerda.
Sin embargo, aún había alguna esperanza. Acudió al Mapourdit Hospital e ingresó en un programa de medicamentos para prevenir la transmisión del virus a su bebé. Mientras tomaba los medicamentos rezaba por el hijo que llevaba en el vientre. Poco después de dar a luz, Madit recibió la noticia: su hijo era seronegativo. Y era un niño, el primero después de haber tenido seis hijos. Pero le dijeron que el estado serológico respecto del VIH de su bebé debía ser vigilado estrechamente durante 18 meses, de modo que continuó con el programa de tratamiento, el hospital, las oraciones.
Y funcionó. A Gum lo declararon libre del VIH justo antes de cumplir dos años. Madit exhibe una amplia sonrisa mientras cuenta este final feliz. Expresó su gratitud al personal del Mapourdit Hospital, el único centro que ofrece tratamiento antirretroviral entre Rumbek y Mapourdit. La lucha contra el VIH y otras enfermedades en Sudán del Sur se ve dificultada por lo accidentado del terreno. Robert Chekata, que supervisa la enfermería del hospital, explica que dos terceras partes de las camas están ocupadas por personas con VIH. No obstante, su temor es que muchos más que necesitan tratamiento no pueden acudir al hospital y permanecen atrapados en pequeñas aldeas. Se muestra especialmente preocupado por madres como Madit. “Necesitamos contar con más ayuda para la prevención de la transmisión maternoinfantil”, afirma. “Algunas madres tienen que recorrer a pie distancias muy largas para llegar hasta aquí, otras simplemente se dan por vencidas”. Cuando llegan, algunos pacientes y sus familias acampan en el hospital. “Mantenerlos aquí deja a las familias sin su sostén principal”, concluye.
En Sudán del Sur la infraestructura es rudimentaria. No hay suficientes médicos o enfermeras y el número de funcionarios de salud pública también es escaso. Charles Bulli, el director del Instituto Nacional de Formación Sanitaria de Juba, forma a personal médico. El Fondo Mundial y otros asociados están financiando este instituto para que instruya a personas que dirijan la lucha contra las enfermedades en el país. “Si visita alguna de nuestras zonas rurales”, dice el Sr. Bulli, “encontrará centros sanitarios pero a nadie para que trabaje allí”. Mirando fijamente a los funcionarios visitantes del Fondo Mundial y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Sr. Bulli añade: “Necesitamos más ayuda. Lamento ser como Oliver Twist, pero necesito más ayuda”.
Además del instituto, el Fondo Mundial y sus asociados ya están financiando al Colegio de Enfermería y Obstetricia de Juba, que este año tendrá a sus primeros graduados. Es probable que algunos de ellos consigan un trabajo, pero no un sueldo. Pueden acabar trabajando de voluntarios como Moses Gar, quien trabaja en un centro de tuberculosis en el Rumbek Hospital. Gar se formó como enfermero en 1978. Cuando estalló la guerra, se internó en el bosque y ayudó a curar a los heridos. Una vez concluida la contienda, trabajó durante un tiempo como enfermero para una organización sin fines de lucro. Cuando los fondos para el programa se agotaron, se presentó en el Rumbek Hospital buscando un empleo. Había mucho trabajo, pero poco dinero para pagar al personal, así que Moses decidió alistarse como voluntario, criando cabras al mismo tiempo para poder mantener a su familia de ocho hijos. Todas las mañanas se presenta en el centro de tuberculosis movido por el ánimo de mejorar las cosas. Dice que le gusta servir a su nuevo país y se siente alentado por los cambios que ve y los asociados que han llegado para prestar ayuda. Cuando estaba en el bosque, trataba a la gente con los mínimos recursos necesarios. “Hoy mi trabajo es diferente”, asevera. “Tenemos medicamentos y suministros médicos”.
Actualmente un espíritu de servicio impregna el país. Aprovechando este clima social, el Fondo Mundial y otros asociados como PSI y BRAC han lanzado amplios proyectos de voluntariado para distribuir medicamentos antimaláricos que protegen a los niños. Armados con la formación adecuada para detectar a los niños que padecen fiebre palúdica, un verdadero ejército de personas llamadas distribuidores comunitarios está tratando a los niños en las aldeas de todo el país.
En Sudán del Sur son muy numerosos los asociados que colaboran. Toby Lanzer, Representante Especial Adjunto de las Naciones Unidas, dice que este esfuerzo humanitario es uno de los más grandes del mundo. “Sólo la crisis siria lo supera, pero por muy poco”, apunta Lanzer. “Muy pocos asociados se mostraban dispuestos a comprometerse antes de que Sudán del Sur se convirtiese en un país. El Fondo Mundial lo hizo”.
Como consecuencia de estas inversiones, “las cosas están mejorando”, dice Marion Gleixner, gerente de portafolio del Fondo para Oriente Medio y Norte de África en el Fondo Mundial. Gleixner hace referencia al sólido espíritu de servicio y a las numerosas asociaciones como factores que contribuyen al avance contra el VIH, la tuberculosis y la malaria. Es posible que el camino que lleve a ganar esa batalla en Sudán del Sur sea accidentado, pantanoso e intrincado, pero ha recorrido un largo trayecto desde los días de la guerra.
























